
Mientras el sonido del crepitar del fuego danzaba en mis oidos y su calor me arropaba en la penumbra, yo me abandonaba al silencio del resto del universo; nada más parecía existir.
Mis párpados de plomo se resistían al sueño y mi mirada, a través de una pequeña rendija, observaba cautivada la luz tormentosa y el brillo del sol entre nubarrones.
La atmósfera de aquella estancia era todo un privilegio.
Calma total.


8 comentarios:
Toma y texto, geniales.
Bellisimo lugar, es invitante.
Besos
Una perla bien narrada...invita al goce de la soledad deseada...esos brillos maravillosos, el encuadre íntimo.
Un beso Cristina
Gracias a ambos. Realmente el lugar mereció la pena y ese momento fué hermoso.
Me gusta saber que algo de lo que sentí he sabido transmitirlo.
Un beso, Rosamari.
Un beso, Pepe.
Pues sí, has sabido transmitirlo, Cristina. Sólo la imagen, o sólo el texto habría bastado, pero tú nos has regalado ambos.
me inspira simplemente PAZ. Enhorabuena por transminirnos este peculiar y calmado ambiente. Enhorabuena.
¿Por qué "elegí" Madrid para nacer? ¿Por qué estudié ingeniería industrial? ¿Por qué me anclé en Madrid a cambio de un trabajo mata-salud mal pagado? ¿Por qué no elegí un lugar con esos atardeceres? ¿Por qué antepuse "buen trabajo" a "buena vida"? ¿Por qué el paisaje de mi ventana es el "precioso" aeropuerto de barajas? ¿Por qué lo más verde que veo en mi casa es una planta en maceta que lucha por sobrevivir?... necesito un cambio... lucharé por él.
Anzaga, gracias por pasarte por aquí. Me gusta saber que, de una u otra forma, he sabido transmitirte esa paz.
Saludos.
Carlos, estoy segura de que conoces, de sobra, las respuestas a tus preguntas.
La distancia entre lo que tenemos, lo que hacemos, lo que buscamos y lo que sabemos encontrar es, muchas veces, la salsa de nuestra vida.
Un abrazo.
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