domingo, 9 de octubre de 2011


El seis




Cada mañana repetía el mismo ritual: un café rápido, una ducha casi medicinal, vestirse con mimo y salir puntualmente de casa a las 7 y 10, 5 días a la semana.
En ese protocolo meticuloso hasta lo enfermizo, su cabeza se perdía en sensaciones que no sólo no conseguía dominar sino que alimentaba constantemente. Hoy, como cada lunes, era algo especial. Hacía 2 días que no la veía y su corazón latía sin control.
Salió de casa y, en la parada del 6, esperó los 4 minutos de siempre a que llegara su autobús. En ese margen de tiempo la imaginaba, impaciente, preguntándose qué llevaría puesto.
Llegó el 6 y subió buscándola con la mirada; ahí estaba, infalible, hermosa, apetecible como una fruta fresca. Por suerte el asiento de atrás estaba libre; se acercó despacio, presintiéndola, apenas sin dirigirle una mirada mientras su pulso se aceleraba vertiginosamente y se sentó percibiendo su suave aroma a rosas y clavando, ahora ya sí, su mirada en la nuca de ella. Llevaba el pelo recogido y su cuello se mostraba, esbelto y desafiante. Él cerró los ojos intentando controlar sus emociones mientras un suspiro se ahogaba en su garganta.
Ella, sabedora desde hace tiempo del juego, sonreía poderosa mientras intentaba no darse la vuelta para observar a su transitorio compañero de viaje. Le gustaba sentirse observada y deseada y, cada mañana cuándo se arreglaba, pensaba en él, en qué le gustaría verle puesto, en el perfume que llegaría, trepando, hasta su nariz volviéndole loco.
Ella sentía exactamente lo mismo y procuraba no dejar resquicios por donde asomaran sus sensaciones.
Solo era cuestión de tiempo. Los dos sabían que el 6 les llevaría hasta el 2. Ese número mágico que suma unidades y convierte brazos en abrazos, labios en besos, manos en caricias y, al final, cuerpos, dos, en uno solo.

Para ti, por estar.