domingo, 17 de julio de 2011


Cortocircuito


Pasaba las hojas de la revista con esa extraña sensación  -vieja conocida- que le invadía en sentido ascendente. Mientras miraba con deleite las fotos que el papel le regalaba observaba con disimulo las mesas del comedor. Nadie parecía reparar en él.

Meses atrás, coincidiendo con su traslado, había tomado la determinación de hacer caso omiso de esas advertencias físicas pero el día a día le ponía frente a situaciones que eran muy difíciles de controlar y, por otro lado, ¿quería hacerlo? Se alimentaba de recuerdos y ese alimento se estaba acabando.

Como cada mañana, recorrió sus puntos habituales: el hospital, la casa de algunos ancianos, el orfanato. Allí es donde más disfrutaba.

Le gustaba jugar con los niños, hacerles bromas, darles un cariño que ellos agradecían con abrazos. Nunca faltaba, en su cartera, una bolsa con chucherías que repartía entre ellos y que le convertían, a sus ojos, en una especie de héroe.

Él, firme en su renovado propósito, y una vez acabada su ronda, regresaba a la residencia entre una mezcla de sensaciones: la del deber cumplido y la de haber perdido, una vez más, una oportunidad de oro. Sus días transcurrían en ese filo.

Repetía la misma secuencia un día sí y otro también hasta que topó, en los alrededores de la residencia, con un muchacho sucio y andrajoso, con cara de hambre y que dijo llamarse Joao. Llevaba un par de meses por las calles desde que su madre, brasileña y dedicada a la prostitución, había muerto por sobredosis. Joao, a sus 12 años, había vivido mucho más de lo que muchos viven en varias vidas; en varias malas vidas.

Él pensó que la vida se lo estaba poniendo en bandeja y se ofreció a darle cobijo por el tiempo necesario hasta encontrar una solución definitiva. Joao vio la luz y aceptó sin dudar.

La adrenalina fue su motor en las horas siguientes. Después de un buen baño, darle de comer y ofrecerle ropa en condiciones llegó la hora del descanso.

Mientras le acompañaba por el largo y solitario pasillo en dirección a su habitación, con el brazo sobre su hombro para notar su cercanía, supo que de nada servían ya los propósitos y que el momento había llegado.

- Joao, ésta será tu habitación mientras estés con nosotros. Descansa, yo cuidaré de ti. No te preocupes por nada, estás en buenas manos.

Joao, tumbado en el catre, dejándose mecer por un mar de morfeos, apenas se dio cuenta. Él se había recostado a su lado y mientras alcanzaba el irremediable estado de gracia se aflojaba el alzacuellos para dejar entrar el aire. El cortocircuito se había producido.

Exultante y sabiéndose pecador pensó cual sería, esta vez, su nuevo destino.

 
 
Pd. Para aquellos que no predican con el ejemplo y se saben impunes.

2 comentarios:

Jorreto dijo...

Un escalofrio tu relato, Cristina.
Mas vale no pensar en que causa puede tener esa especie de "excrecencia" en el ser humano, especialmente en el "sector" al que turelato describe tan sutilmente.
Un abrazo Cris,

Cristina Catarecha dijo...

Sí, busqué la sutileza para no ponerme a su "bajura".
Un abrazo, Antonio.